Tuesday, May 19, 2009

Cucarachas

Mi jefe me ofreció tomar unas cervezas después del trabajo. Es viernes, dijo. Para mí podría haber sido martes y hubiera aceptado de todas formas. En la barra el barman nos acercó dos chops helados. ¿Qué sucede? Te noto caído. Ese ánimo… Yo le dije que había tenido un mes difícil. Cosas de la oficina. ¿Julia? Hacía tiempo que no la veía.

La noche pasó y más gente se acercó al bar. Unos compañeros de trabajo aparecieron y nos sentamos en una mesa. Como cuando muere el día, el local fue gradualmente perdiendo la luz y la música cada vez subió más su volumen. El amarillo claro de las cervezas era el único color distinguible de la noche. Todos mi colegas se levantaron a bailar. Yo les seguí con poca gana y al cabo de un rato acabé de nuevo en la barra. Cuando me estiré para pedir otra copa choqué sin querer con una chica a mi lado. Tenía el pelo tremendamente lacio, unos labios discretos y una mirada letal. Sólo eso pude distinguir. Le invité un trago y conversamos.

Ella trabajaba de algo. Estaba ahí por algo. Y le gustaba algo. Yo miraba. Invito esta vuelta yo, dijo. Gritó un par de veces y como no la escucharon se inclinó sobre la barra. El barman estaba de mi lado lo que hizo que ella acercara su cuerpo contra el mío. Su boca discreta. Su boca. Su… La besé y ella me empujó con fuerza. Con mi estado perdí el equilibrio y quedé sentado en el suelo. Uno piensa que en esas situaciones, como sucede en las películas, la música del bar se detiene y todo el mundo se da vuelta para ver qué ha sucedido. Nadie volteó a verme en el suelo. La música siguió sonando. Y ella se fue a bailar con no sé quién.

Afuera, sentado en el cordón de la vereda, una cucaracha se posó en mi mano. A veces envidio la vida amorosa de estos pequeños insectos, fruto exclusivo de la casualidad, que vagando por la mugre, sin intención aparente, se encuentran con una de su especie y así cumplen con su destino de procreación.