
Monday, October 29, 2007
De mares

Tuesday, October 23, 2007
Desde las barras
He aquí, un extracto de una discusión parlamentaria sobre si se puede o no alterar los destinatarios de un mail cadena (agregar o quitar una dirección del mismo). E el discurso, el diputado argumenta el porqué de su comportamiento:
“Todos sabemos que un mail cadena, por naturaleza, no pueden ser alterados. De lo contrario, se iría contra la libertad del propio mail cadena.
El tema es determinar si el mail cadena es un propio mail en el momento que se concibió por primera vez, es decir cuando en el asunto no estaba la palabra “Re:” o después de ser enviado y re enviado, cuando ya la palabra “Re:” estaba en el asunto.
En el caso del primero, resulta obvio: no se puede agregar a nadie a la cadena. En el segundo caso: se puede agregar a gente a la cadena ya que el mail cadena no es tal hasta que se mandó.
Yo me retiro de sala. Pienso que en un tema tan crucial, la gente debería decidir. Por eso, me parece que la mejor solución sería un referéndum consultivo”.
“Todos sabemos que un mail cadena, por naturaleza, no pueden ser alterados. De lo contrario, se iría contra la libertad del propio mail cadena.
El tema es determinar si el mail cadena es un propio mail en el momento que se concibió por primera vez, es decir cuando en el asunto no estaba la palabra “Re:” o después de ser enviado y re enviado, cuando ya la palabra “Re:” estaba en el asunto.
En el caso del primero, resulta obvio: no se puede agregar a nadie a la cadena. En el segundo caso: se puede agregar a gente a la cadena ya que el mail cadena no es tal hasta que se mandó.
Yo me retiro de sala. Pienso que en un tema tan crucial, la gente debería decidir. Por eso, me parece que la mejor solución sería un referéndum consultivo”.
Monday, October 22, 2007
Qué elegancia la de Francia

Lo cierto que esta mina se lo buscó. Calor, mucho calor, eso no lo niego. Pero la musculosa que llevaba era tan chica que insinuaba lo no insinuable. Un par de epítetos elegantes salieron de una obra de la cuadra (¡Cómo te parto! ¡Pero que…!). Yo los miré con cara rara. En seguida saltó un grito.
“¿Qué? Me vas a decir que vos no…”. La verdad es que tenía razón. Yo sí.
Friday, October 19, 2007
Monday, October 15, 2007
Ecuación (4)

A todos nos da miedo asumir que una modelo nos parece fea. Es ir contra la corriente. Es el famoso espiral del silencio. No queremos que nos aíslen. Pero hay veces que la razón puede más contra el desesperado grito de masculinidad de la mayoría. Hay veces que simplemente no nos podemos callar. Si no, el que calla otorga, y en ciertos casos, no es bueno dar por hecho algunas cosas.
Sunday, October 14, 2007
Saturday, October 13, 2007
M-O-N-i-Y

En un principio, el papel moneda (lo que hoy vulgarmente llamamos dinero o billetes) servía para garantía de que mi oro estaba guardado en el castillo de fulano de tal. Era sólo eso. Un comprobante barato de que yo poseía tanto oro.
Pero la cosa se complicó aún más. El billete no sólo pasó a representar lo que se guardaba, pasó a ser lo que se guardaba. Empezó a tener valor. Así, cada billete que tenía uno, era en efecto, una pepita de oro.
Pero la cosa se complicó aún aún más más. Ahora había tantos billetes que se perdió la cuenta, y en el siglo pasado se decidió que los billetes no tenían respaldo. Es decir que, valían porque valían. Punto
Que abstracta es la economía.
Friday, October 12, 2007
Monday, October 8, 2007
Permiso

- Me permites…
- ¿Perdón?
- Quiero hacerlo en privado.
- …
- Acaso alguna vez yo te he molestado en el toilet –hablaba con una gentileza que me molestaba.
- Pues… no sé, es que hay una puerta...
- Bueno, no espero menos de ti.
- Pero, hemos hecho esto miles de veces...
- Ya no es lo mismo.
- De todas maneras voy a verlo cuando lo levante con la bolsita de plástico.
- Tú y tus asquerosos hábitos...
Friday, October 5, 2007
Superficie

Gabi puso el primer pie sobre la pista de hielo mientras alzaba su mano para que su padre la tomara. Se abrazó fuerte a él apenas su otro pie tocó la pista.
- ¿Ves?, no es nada.
Con mucho miedo, la hija comenzó a deslizarse por la pista, siempre tomada muy fuerte de la mano de su padre.
- Vamos, querida. Prueba tu sola.
- No quiero, pa. ¡Por favor, no quiero!
- Pero no es nada linda. Vamos, inténtalo.
El padre soltó la mano de su hija y ella comenzó a andar sola. Tambaleó un momento pero luego pudo afirmarse y comenzó a dar vueltas por la pista.
Chess
Thursday, October 4, 2007
Concordancia
- Antes no había eso.
- Estaba el telégrafo.
- Ya no existe más el telégrafo, ¿no?
- Creo que no, ¿para qué?
- Para qué
- Estaba el telégrafo.
- Ya no existe más el telégrafo, ¿no?
- Creo que no, ¿para qué?
- Para qué
Tuesday, October 2, 2007
¿Cómo decirlo?
Monday, October 1, 2007
ALA

- ¿Tas seguro que esta era la casa, boludo?
- Sí, claro.
- ¿Pero esta pelotuda por qué no atiende?
- Probá de nuevo.
- Ya toque mil veces. Mirá que te dije que arreglaras bien. ¿Son pelotudas las amas de casa? ¿Qué entienden por “en una semana hacemos la prueba de la blancura”?
Fabián Gianola siguió esperando, pero la ama de casa nunca atendió. No sólo no se pudo hacer la prueba de la blancura, sino que también la ama de casa se quedó con una muestra gratis del jabon.
Sin rastros
Paula estaba acostada a mi lado, desnuda. Me daba su espalda. Su respiración lenta, pausada, me provocaba tranquilidad. Yo veía cómo dormía sin ninguna preocupación. Su espalda me atraía como un imán. Seguía sus curvas con mi mirada como si estuviera siguiendo a una montaña rusa yendo de lado a lado.
Comencé a acariciar el contorno de su cuerpo con suavidad. Su piel era suave, lisa y me erizaba el solo hecho de acariciarla. Seguí todo el recorrido de la montaña rusa hasta llegar a las caderas. Sin darme cuenta, mis dedos se perdieron en la piel. Desde mi posición, me resultaba imposible ver mi mano, algo que por cierto, era bastante extraño.
Me acerqué lentamente a su cadera sin mover mi perdida mano derecha. De más cerca el panorama no cambiaba, mi mano se perdía en la piel. Pero al acercarme aún más me di cuenta de que mi mano se encontraba dentro de su cadera. Había penetrado su piel. No había ni sangre, ni se podía ver ningún rasguño, era como una especie de bolsillo de piel.
Retire rápidamente mi mano con susto, pues no sabía qué podía haber ahí dentro. Sin embargo mi mano estaba intacta, sin ninguna marca y particularmente caliente. Paula se dio vuelta y abrió los ojos. Al darse vuelta, pude ver que simétricamente ubicada del otro lado se encontraba exactamente la misma abertura. No me pude contener.
- ¿Qué es eso en tus caderas?
Ella quedó tan asustada como yo. Aunque confesó no sentir dolor alguno. Exploramos durante un buen rato sus bolsillos. Eran tan suaves y tiernos como el resto de su piel. Pero parecían tener poco profundidad. Decidimos ir al doctor a primera hora de la mañana.
La primera luz del sol se asomó a las seis y cincuenta, pero no me molestó porque yo ya estaba despierto. No había podido dormir nada. Paula despertó mucho después. Parecía que no recordaba nada de lo de ayer de noche. Pero apenas levantó su cuerpo revisó instintivamente sus bolsillos de piel. Habían crecido. Más bien parecían más profundos que la noche anterior. Se asemejaban aún más a un par de bolsillos. Paula exploró durante varios segundos sus amplios bolsillos con cara pensativa, moviendo sus ojos de lado a lado, hasta que vi que su expresión se paralizó.
Sacó la mano izquierda primero y después, muy lentamente, la derecha. La extendió. En su palma se encontraba un pequeño papelito azul que decía: “Ir al médico”.
Asistimos a la primera hora del médico de Paula. Concluyó que lo que tenía Paula era un “importante desplazamiento de epidermis”, y le recomendó una crema especial (que nunca usó) y unas pastillas para el dolor (que nunca tuvo). Sobre la nota no supo qué decir. “Quizá ella la dejó ahí”, bromeó. Nadie rió. Dejé a Paula en casa y fui al trabajo. Ella se tomo el día libre.
Al otro día me fui temprano a trabajar y llegué tarde a casa. Paula ya estaba dormida. Fui a vaciar el cenicero después de un par de cigarrillos y al levantar la tapa de la basura pude ver que en su interior se encontraban un montón de papelitos azules. Los levanté todos y pude comprobar que tenían el mismo tamaño y letra que el primer papel que había encontrado Paula en su bolsillo de piel. Pero en cada uno había escrito una cosa diferente. “Ir a trabajar”. “Terminar el proyecto”. “Visitar a Juan”. “Comprar cena”.
La noche siguiente interrogué a Paula. Me contó que las notas habían aparecido de repente, y le hacían recordar todas las cosas que debían hacer. Cada vez que terminaba de hacer algo, sólo tenía que explorar sus bolsillos de piel y una nueva nota aparecía y le decía qué hacer.
Su vida, o la nuestra, se hizo dependiente de esas notas. No se hacía nada sin antes consultar sus bolsillos de piel. Hace un año nos mudamos a un nuevo apartamento. También cambiamos todos los muebles y hasta compramos un perro. En seis meses cambió dos veces de empleo. Y hasta en nuestras últimas vacaciones consultamos a las notas (tuvimos que ir al Caribe porque las notas lo decían).
El tiempo pasó y a pesar de todo seguí amando a Paula. Seguía hipnotizado con sus curvas. Y me excitaba pasar mis manos por sus bolsillos de piel, por más que cada vez que encontraba una nota ella me prohibía leerla.
Ya en invierno, dejaba mis manos en sus bolsillos de piel. El calor que recibía era acogedor y eran una perfecta calefacción humana. Ella también disfrutaba cuando dejaba mis manos ahí.
Paula se levantó, como todas las mañanas, antes que yo. No pude saber qué hacía porque estaba muy dormido. Después de un rato se acercó a la mesa de luz. Pude ver que dejaba una nota azul al lado del despertador. Jamás volvimos a dormir juntos.
Comencé a acariciar el contorno de su cuerpo con suavidad. Su piel era suave, lisa y me erizaba el solo hecho de acariciarla. Seguí todo el recorrido de la montaña rusa hasta llegar a las caderas. Sin darme cuenta, mis dedos se perdieron en la piel. Desde mi posición, me resultaba imposible ver mi mano, algo que por cierto, era bastante extraño.
Me acerqué lentamente a su cadera sin mover mi perdida mano derecha. De más cerca el panorama no cambiaba, mi mano se perdía en la piel. Pero al acercarme aún más me di cuenta de que mi mano se encontraba dentro de su cadera. Había penetrado su piel. No había ni sangre, ni se podía ver ningún rasguño, era como una especie de bolsillo de piel.

- ¿Qué es eso en tus caderas?
Ella quedó tan asustada como yo. Aunque confesó no sentir dolor alguno. Exploramos durante un buen rato sus bolsillos. Eran tan suaves y tiernos como el resto de su piel. Pero parecían tener poco profundidad. Decidimos ir al doctor a primera hora de la mañana.
La primera luz del sol se asomó a las seis y cincuenta, pero no me molestó porque yo ya estaba despierto. No había podido dormir nada. Paula despertó mucho después. Parecía que no recordaba nada de lo de ayer de noche. Pero apenas levantó su cuerpo revisó instintivamente sus bolsillos de piel. Habían crecido. Más bien parecían más profundos que la noche anterior. Se asemejaban aún más a un par de bolsillos. Paula exploró durante varios segundos sus amplios bolsillos con cara pensativa, moviendo sus ojos de lado a lado, hasta que vi que su expresión se paralizó.
Sacó la mano izquierda primero y después, muy lentamente, la derecha. La extendió. En su palma se encontraba un pequeño papelito azul que decía: “Ir al médico”.
Asistimos a la primera hora del médico de Paula. Concluyó que lo que tenía Paula era un “importante desplazamiento de epidermis”, y le recomendó una crema especial (que nunca usó) y unas pastillas para el dolor (que nunca tuvo). Sobre la nota no supo qué decir. “Quizá ella la dejó ahí”, bromeó. Nadie rió. Dejé a Paula en casa y fui al trabajo. Ella se tomo el día libre.
Al otro día me fui temprano a trabajar y llegué tarde a casa. Paula ya estaba dormida. Fui a vaciar el cenicero después de un par de cigarrillos y al levantar la tapa de la basura pude ver que en su interior se encontraban un montón de papelitos azules. Los levanté todos y pude comprobar que tenían el mismo tamaño y letra que el primer papel que había encontrado Paula en su bolsillo de piel. Pero en cada uno había escrito una cosa diferente. “Ir a trabajar”. “Terminar el proyecto”. “Visitar a Juan”. “Comprar cena”.
La noche siguiente interrogué a Paula. Me contó que las notas habían aparecido de repente, y le hacían recordar todas las cosas que debían hacer. Cada vez que terminaba de hacer algo, sólo tenía que explorar sus bolsillos de piel y una nueva nota aparecía y le decía qué hacer.
Su vida, o la nuestra, se hizo dependiente de esas notas. No se hacía nada sin antes consultar sus bolsillos de piel. Hace un año nos mudamos a un nuevo apartamento. También cambiamos todos los muebles y hasta compramos un perro. En seis meses cambió dos veces de empleo. Y hasta en nuestras últimas vacaciones consultamos a las notas (tuvimos que ir al Caribe porque las notas lo decían).
El tiempo pasó y a pesar de todo seguí amando a Paula. Seguía hipnotizado con sus curvas. Y me excitaba pasar mis manos por sus bolsillos de piel, por más que cada vez que encontraba una nota ella me prohibía leerla.
Ya en invierno, dejaba mis manos en sus bolsillos de piel. El calor que recibía era acogedor y eran una perfecta calefacción humana. Ella también disfrutaba cuando dejaba mis manos ahí.
Paula se levantó, como todas las mañanas, antes que yo. No pude saber qué hacía porque estaba muy dormido. Después de un rato se acercó a la mesa de luz. Pude ver que dejaba una nota azul al lado del despertador. Jamás volvimos a dormir juntos.
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