Saturday, July 11, 2009

Juego ibídem

Diré, entonces, que el amor es un juego. No por sus caracteres lúdicos que de por sí saltan a la vista de cualquier jugador que lo ha practicado. Me refiero a que cada vez que emprendemos esa odisea sentimental, nos enfrentamos entonces ante un nuevo desafío cuyas consecuencias pueden ser catastróficas; ¿y acaso no es entonces eso jugar? Se trata de uno de los juegos más arriesgados que se practican en este mundo. Entrar en él implica un riesgo terrible para el participante. Pongamos por ejemplo, la primera cita. Cuando nos apersonamos por primera vez ante nuestra pretendiente, experimentamos sensaciones espantosas. Sufrimos ante la duda: ¿me gustará?; ¿LE GUSTARÉ?; ¿me mandaré alguna...?; ¿tendrá toda la dentadura? Los nervios consumen nuestra estómago y martirizan nuestro corazón. Es por eso que algunos se abstienen rotundamente a jugarlo; participantes sensibles que sienten que su desapego del vicio servirá para aplacar ciertos temores que puedan atacar el alma. Este humilde narrador puede decir que ha jugado varias veces este juego. Y admitirá con hondo desencanto que siempre lo ha perdido.

1 comment:

anonetoy said...

Decía Sabina que "amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño".

Hay algo en la noción de victoria y derrota que no me cierra; capaz que es la idea de que en algunas derrotas se obtienen grandes victorias. Sería algo así como esos partidos en los que jugamos muy bien -incluso mejor que el otro equipo- aunque el marcador diga lo contrario.